6.2 Esperando la entrada en Isfahan

(19.04.1618 – 01.05.1618)

Jueves, 19, muy de mañana se salió de aquí á Spahan, seis leguas de camino, y porque antes de entrar en la ciudad el Embajador quería parar algunos días en alguna aldea ó huerta cercana adonde se hallase comodidad de recogerse, envió mucho antes que amaneciese á los oficiales y criados á quien este cuidado le tocaba, para que le tuviesen de comer en una buena aldea una legua pequeña de Spahan, llamada Jarustan, habiéndose avisado lo mismo á los que habían de partir delante con la caravana. Pero estos, que eran dos persianos que desde Xiras venían con el Embajador para le aposentar y hacer dar el recaudo necesario por el camino, no entendiéndo bien al intérprete llevaron la caravana á unas huertas, menos de media legua de Spahan, adonde el mayoral del elos, llamado Alibec, tenía una casa, sin saber que los criados del Embajador habían ido á hacerle el aposento á otra parte.
El camino de este día, aunque fue llano, la mayor parte de él se halló un mal paso en que se bajó casi un cuarto de legua por una ladera muy áspera y llena de piedras, adonde fue forzoso salir fuera de la litera el Embajador, habiéndose dejado poco antes una gran cisterna llena de muy buena agua.
Media legua antes de llegar á la gran llanura en que está la сiudad de Spahan, se pasó una sierra blanda y sin dificultad de caminarse, continuada de muchos y pequeños collados que se iban pasando unos tras otros, antes de poderse descubrir la ciudad, y era todo el suelo de esta sierra de una piedra tan blanda que se deshacía en partes muy menudas como cascajo muy blando.
Al medio de esta sierra llegó una gran tropa de persianos, hasta en número de veinte ó treinta, los más de ellos muy mozos, los cuales venían á pie y sin armas, muy apresurados, y reparando junto á la litera en que iba el Enbaxador, miraban con grande atención á todas partes, hasta que habiéndole sido preguntado qué querían, respondieron que venían á ver á Roldan, pronunciando este nonbre muy distintamente. Era Roldan, por quien preguntaban, un alano grande del Embajador, de que ya se ha hecho mención, que por ser muy pesado y venir despeado del largo camino lo traían desde Lara hombres conducidos para este efecto, en un andor ó palanquín de los de la India, y como entonces viniese detrás de toda la familia, fueron estos mozos persianos en su busca, viniendo después todos alrededor de él, creciendo de manera el número de la gente que salía con grande admiración á verlo, que cuando se llegó á la huerta adonde el Embajador paró aquel día, llevaba él solo un grande y numeroso acompañamiento.
Acabadas de andar todas aquellas bajas colinas, se descubrió una anchísima vega que ocupaba muchas leguas alrededor, con grandísimo número de huertas y jardines, que aunque de parte eminente, ocupaban la vista á la ciudad, no pareciéndose más de alguna parte de los alcoranes de las mezquitas; súpose luego allí, de algunos criados que habían llegado con la caravana, el hierro de haberse preparado el aposento en otra parte, y ansi fueron á dar aviso á los que allá estaban, que no era más de media legua de la huerta, adonde se le había buscado una casilla para el Embajador, en que solo había un aposento tan estrecho que casi no cabía en él más de su cama. Era hermosa cosa ver la mucha frescura y opacidad de los árboles que había por junto á donde se caminaba, con infinito número de gente que salía á vernos, porque si bien la ciudad estaba media legua de allí, todas aquellas huertas están pobladas con muchas casas, de manera que no hacía falta la ciudad, y ansí había tanta cantidad de mujeres con sus mantos blancos, que ocupaban por una y otra parte las сercas y paredes de las huertas, con lo alto de todos los edificios cercanos.
Aunque estrechamente y con mucha descomodidad estuvo dos días el Embajador en aquella huerta, adonde había notable cantidad de rosas y flores, porque demás de las rosas ordinarias coloradas, había otras algo menores, blancas, y otras amarillas, y éstas de menos olor que las demás, pero de muy hermosa y apacible vista. Las ciruelas y manzanas, aunque verdes y por madurar, estaban ya gruesas y comunmente las comían ya todos como si estuviesen en toda su sazón, siendo la menos fruta la que llega á tenerla, comiéndose la mayor parte de ella muy verde y aceda porque tienen por general opinión todos estos persianos, de que no les haze daño desta manera.
Vinieron aquella tarde á ver al Embajador los religiosos de San Agustin y del Carmen de los dos conventos de Spahan, y luego por la mañana el Deroga y Visir, que son los supremos gobernadores de aquella ciudad, y á la tarde la gente que en ella se hallaba de Europa, que eran diez ó doce ingleses, dos tudescos y tres ó cuatro italianos, con quien el Embajador holgó mucho por saber algunas cosas de Europa, aunque entonces había muchos días que no había llegado caravana de Bagadad, ni Alepo, y ansí no se tenía noticia de más de lo que se había escrito de estas partes en las gacetas del año próximo pasado, en que solo había nuevas del principio del año de 1616.
Mudóse de aquí el Embajador á otra huerta que le caía cerca, en que había tres buenos aposentos frescos y nuevos, con bastante comodidad para su persona, y en un llano que había junto á la huerta se pusieron nueve ó diez tiendas; la una, que era muy grande y bien aderezada, de la persona del Embajador, en que había lugar decente y cónmodo para decir misa, y las demás para sus criados, y ansí á las tiendas, como adonde estaba el Embajador, era cosa increible el gran número de gente que acudía, sin bastar á detenerlos los porteros y gente que los governadores habían puesto de guarda.

Porque demás de la ciudad de Spahan, que de sí sola es populosa y grande, había cuatro numerosas colonias á la parte de estas huertas en que el Embaxador estaba, que de pocos años á esta parte el rey de Persia había traído de las ciudades de Ervan y Julfa en Armenia, y de la soberbia, aunque ya arruinada, Tabris, en Media, y en otra parte gran número de Gaores, que todas estas cuatro colonias, apartadas poco espacio, ó casi continuadas unas con otras, hacían cuerpo de otra ciudad, igual ó mayor que la misma de Spahan.
Y porque se ha hecho aquí primero mención de estos Gaores, que es lo mismo en lengua turquesa y persiana que gente sin ley ó gentiles, parecerá á propósito decir quien son, antes de tratar de las demás cosas tocantes á la ciudad de Spahan.
Ha quedado este genero de hombres de los antiguos y propios moradores de la Persia, la cual, habiendo sido ocupada y señoreada por tantos siglos, con las demás provincias de Asia sujetas á su grande monarchia, primero de los árabes, y después de los turcos y tártaros, hizo notable mudanza en lengua, traje y costumbres, como ahora la vemos, pues casi no parece en ella rastro de su antigua grandeza. Y esto es cosa muy verosímil, habiéndola ocupado y transformado en sí las más incultas y bárbaras naciones del mundo.
Los señores de cualquiera imperio adquirido por ellos son luego imitados de los subjetos y vencidos, en las cosas susodichas, aunque del todo sean incultas, rústicas y bestiales; como claramente se vio en Italia, Francia y España cuando en la última declinación del imperio romano fueron ocupadas de los vándalos, godos, alanos, francos y longobardos, extinguiéndose de todo punto en ellas las buenas artes en paz y guerra con que tanto habían llorecido. Lo mismo sucedió en Persia y en las demás naciones conterminas á ella, pues con razón se puede dudar ahora por quien con cuidado las hubiere visto, haber habido en ellas ningún genero de lustre, pulicia, ni grandeza, de que tanto eran engrandecidas y alabadas de los antiguos.
La gente pobre y miserable siempre retiene algo en estas mudanzas, de la misma pobreza en que siempre vivió, y ansí en la parte más oriental de Persia y en la provincia de Querman, que confina con ella por el Oriente, quedaron muchos de sus antiguos y verdaderos persianos, los cuales, aunque los demás se mezclaron y enbebieron, uniéndose con los vencedores, constantísimamente han retenido sus antiguas costumbres, hábitos y religión. Porque de la manera que los antiguos persianos cuando más florecieron, adoran hoy día al sol y al fuego, teniéndole siempre encendido en sus casas, poniendo grandísimo cuidado en que no se mate, como lo hacían las virgines Vestales en Roma. Pero como gente rústica y que tantos años ha vivido siempre en servidumbre, tienen olvidadas las más de sus cerimonias antiguas, reteniendo ahora solo el tener encendido el fuego y adorar el Sol cuando nace, juntamente con el enterrar de sus muertos. A éstos, después de los haber vestido de lo mejor que tienen, los arriman en pie á las paredes de unos grandes cercados ó corrales que para esto tienen en el campo, algo apartados de los lugares en que viven, y allí los dejan á ser comídos de los cuervos y grajos y otras aves de esta calidad.
La lengua de que usan es con poca diferencia de la persiana, y el traje de los hombres algo semejante, aunque más corto y estrecho, como de gente pobre, y un pedazo de lienzo atado en la cabeza. En las mujeres es por la mayor parte contrario de las persianas, porque aunque traen zaraguelles, encima se ponen un genero de lobas ó sotanas cerradas, muy anchas, sueltas, sin ceñirse, que le llegan al tobillo del pie, con mangas muy anchas, pareciéndose en esto con las mujeres árabes, y grandes tocas en las cabezas, que por todas partes son tan largas que le llegan á la rrodilla y corvas de las piernas, de manera que teniendo tendidos los brazos cubren las manos con ellas. Son estas tocas cerradas, no descubriendo más de solo el rostro, sin parecersele ningún cabello, ni parte de la garganta, como á las dueñas ó viudas en España, mas de que no tienen pliegues las de estas Gaoras, mostrándose con este hábito notablemente autorizadas y graves. Su color generalmente es encabellado, más ó menos claro, tirando por la mayor parte á amarillo obscuro, variando siempre con estas diferencias las tocas de las lobas ó sotanas, siendo éstas ordinariamente más obscuras que las tocas.
Toda esta gente era simplcísima, al contrario que las demás naciones asiáticas que siguen la secta de Mahamet ó mahoma. Los hombres son jornaleros, camelleros y labradores, y algunos mecánicos, y los menos mercaderes, por su mucha pobreza. Las mujeres hilan y tejen, usando y ejerciendo estos oficios sentadas á las puertas de sus casas, como generalmente lo acostumbran en España las mujeres pobres de las aldeas de Estremadura, hilando, aspando y devanando el hilo de que tejen después sus telas, pareciéndose mucho ansimismo las unas á las otras, en gesto, color y simplicidad de costumbres.
Caía su población ó colonia un tiro de piedra de donde el Enbaxador posaba, en que había tres mil casas de razonable fábrica, con calles muy anchas, largas y derechas, y con árboles á trechos por todas ellas para hacer sombra, de manera que toda esta población hacía forma de un grande y hermoso lugar, habiendo poco más de diez años que el rey de Persia forzó á esta gente á hacer transmigración de su misma naturaleza para engrandecer la ciudad de Spahan.
Y según la llaneza y poca malicia de esta gente, había grande aparejo en ella para con mucha facilidad ser instruída y reducida á la religión cristiana si nuestros religiosos de la ciudad de Spahan atendiesen á ello con el zelo y diligencia que su profesión lo pide.

Desde 19 de Abril hasta primero de Mayo se detuvo el Embajador en estas huertas, en el interin que en la ciudad se le buscada casa, no hallándose á proposito, porque las casas de los hombres poderosos, á quien llaman Canes, aunque estaban muchas de ellas vacías, no podían los governadores dar ni disponer de ninguna de ellos sin expreso mandato del Rey. Y aunque el Embajador, ansí por esta dificultad, como por el deseo que tenía de despachar su enbajada, quisiera pasar adelante hasta Farabat, en Hircania, adonde el Rey entonces estaba, no lo consintieron los gobernadores hasta haberle dado cuenta de su venida. Y ansí, dos días después que llegó, habiendo sabido que los governadores habían despachado, envió él también un suxatel ó correo, escribiendo al Rey y á Agamir, su secretario de Estado, avisándole de su llegada á Spahan y haciendo particular resentimiento de la muerte de Jusepe Saluador, su intérprete, no tanto porque se esperase castigo, con ser el delito tan graue, como porque no convenía á la reputación del Embajador dejarlo en silencio, aunque se tenía por muy sin duda haber sido ya el Rey sabidor del caso.

En el tiempo que se estuvo sin entrar en la ciudad, era grande el número de gente que acudía á donde el Embajador residia y á mirar las tiendas, ansí de los de Span, como de las colonias referidas que eran más vecinas, particularmente mujeres y muchachos, porque estos, demás del deseo de ver cosas nuevas á su parecer, venían también á que les diesen limosna, siendo por la mayor parte miserables y pobres.
Y como juntamente con los armenios de la nueva Julfa hubiese también una gran colonia de otros cristianos de Assiria y Diarbec, nestoríanos, surianos y maronitas, acudían infinitos de estos á las tiendas, particularmente cuando le decían misa al Embajador, mostrándose allí con muchas demonstraciones de devoción, aunque solo se puede decir que tienen el nombre de cristianos, venían también muchos georgianos, los cuales con los armenios eran los mas ordinarios y bien recibidos, siendo cosa increible el grande numero de estas naciones que en la ciudad de Spahan está recogido, no cabiendo en los muchos y grandes caravasares que en la ciudad hay, por no tener casas propias en que vivir.
Pero sin comparación era mayor la cantidad de mujeres y niños de los Gaores, de que ya se ha hecho mención, que todos los días, muchas veces venían á ver al Embajador y sus criados, sin bastar los persianos que había de guarda á detenerlas, porque aunque las compeliesen á quedar fuera en el campo y al sol, se estaban gran parte del día allí. Mas el Embajador, que gustaba mucho de la sinpleza y novedad particular de esta gente, muchas veces las mandaba entrar y dar limosna, siendo esto por lo que más instancia hacían á venir allí tantas veces.

(García de Silva y Figueroa "Comentarios", Tomo II, Libro V, Capítulo I, pp. 17 – 25)

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